La Chimba

Un patrimonio por reconocer.

Visualizando la Ciudad

La ciudad es una construcción compleja, estratificada en el tiempo por una serie de transformaciones que pueden ser interpretadas y estudiadas desde muchos ángulos diferentes (Albisinni et al, 2011). En este contexto, los mapas antiguos son cada vez más utilizados como fuente de investigación histórica, ya que a través de ellos es posible conocer los propósitos de quienes se hicieron una imagen del mundo (Schlögel, 2007).

Desde esta perspectiva, los mapas están ligados a un espacio y un tiempo y no se ciernen a un lugar abstracto y vacío; más bien se hallan en un determinado contexto histórico y cultural (Schlögel, 2007). La representación gráfica es un método de investigación a través del cual se integran dimensiones del objeto de estudio y la realidad observada (Hidalgo et al, 2012).

Al respecto, Martínez (2007) plantea que los sucesivos planos son testimonios valiosos para analizar y comprender el proceso de evolución territorial de una ciudad. Según Hidalgo et al (2012: 63), "cartografiar las relaciones espaciales, procesos o estructuras de un determinado territorio -a partir de la información proveniente de distintas fuentes primarias, secundarias e incluso de descripciones de la ciudad registradas en diversos textos, documentos históricos y geográficos- y producir una visión de conjunto, es una forma de conocimiento". En este contexto, según Schlögel (2007: 92), "con mapas se pueden hacer visibles pasados, reproducir un presente y esbozar el futuro".

Sin lugar a dudas, La Chimba, emplazada en la ribera norte del río Mapocho, registró una organización distinta al manzanero del centro fundacional de la ciudad de Santiago. Su trama, a pesar de que muchas veces fue interpretada en las cartografías como una cuadrícula perfecta que tendía a asimilar su territorio casi como una continuación del centro de la ciudad, en la práctica era un área suburbana dominada por huertos y chacras, con un asentamiento inicial de origen prehispánico, que se adaptó a las condiciones geográficas del lugar y que adquirió su morfología propia.

En pleno periodo colonial, la cartografía que se elaboró para la Gobernación de Chile estuvo basada en levantamientos científicos de cierta precisión. Destacaban algunas expediciones en el área del Estrecho de Magallanes (Antonio de Córdova y Lasso de la Vega en su primer viaje realizado en 1785), en Chiloé, Valdivia y los canales (José de Moraleda) y la de Alejandro de Malaspina en el litoral chileno. Sin embargo, sólo comprendían territorios muy confinados, en el caso de los dos primeros; en el último, nada más que la línea de costa (González, 2007).

Según Espinoza (2008), tras la fundación de la ciudad de Santiago hubo un registro tardío de sus cartografías. Con la finalidad de realizar estudios de estos territorios, durante el siglo XVIII varias potencias europeas organizaron viajes de exploración, relevamiento científico, reconocimiento comercial y estratégico hacia América Latina (Hardoy, 1968).

Fue recién en el periodo republicano de Chile cuando se registró un impulso de la cartografía. Era necesario tener información del espacio geográfico que se administraba y por lo tanto, era bienvenido contar con un inventario de los recursos disponibles en el territorio, con información sobre su extensión, distribución, localización de la población, de los recursos naturales, todo lo cual debía ser acompañado de una representación cartográfica (González, 2007).

El análisis de las cartografías antiguas y los antecedentes que se puede obtener de ellas demuestra que los mapas no se limitan a un carácter meramente práctico e instrumental. De Lasa y Luiz (2011) plantean que es posible reconocer la potencialidad de los documentos gráficos y las cartografías históricas como indispensable para completar y enriquecer el contenido de otras fuentes verbales.

En tal contexto, esta zona periférica de la ciudad estaba circunscrita en los primeros años del siglo XVI a unas pocas cuadras de solares hacia el nororiente del río Mapocho, su principal frontera geográfica con el centro fundacional. El trazado irregular del manzanero en La Chimba, se mantuvo casi hasta finales del siglo XIX, cuando este territorio de carácter agrícola comenzó un proceso de semiurbanización. En este marco, el plano de Ernesto Ansart, publicado en 1875 y que recogía las ideas de Transformación y Embellecimiento de la ciudad de Santiago de Benjamín Vicuña Mackenna, mostraba la idea de integrar las periferias próximas en una sola representación de la ciudad, dando énfasis a la ejecución de obras civiles, incorporación de medios de transporte urbano, ferrocarril, entre otros. Esta planimetría buscaba orientar el desarrollo urbano de la ciudad de Santiago, particularmente más allá de los umbrales físico-geográficos que habían circunscrito la ciudad en los primeros siglos: La Cañada, el río Mapocho y el cerro Santa Lucía.

La lectura de la ciudad a través de representaciones planimétricas permite, en términos metodológicos, definir una perspectiva histórica y registrar una imagen de ella, particularmente de su configuración territorial, las transformaciones urbanas -entre los siglos XVI y XIX-, su forma de asentamiento y el inicio de la ciudad.

En este sentido, la singularidad de La Chimba de Santiago -que también se registró en la cartografía, aunque con menor precisión que el plano de damero reticular localizado entre el río Mapocho y La Cañada (hacia el sur de la ciudad) radica en que su crecimiento estuvo condicionado por hitos naturales (el río y los cerros), su traza agrícola, sus caminos y la arquitectura de edificación continua y horizontal de los primeros siglos.